Sobre Mercedes, Jorge y la tiranía de las normas.

Hace un tiempo atrás, Mercedes y Jorge estaban juntos, pero había mucha gente que pensaba que eso estaba mal: ¿cómo un hombre podía estar con la mujer de otro hombre?

Mercedes se casó de joven con un vecino comerciante con el que concibió prontamente un hijo, pero la vida con su primer amor apenas duró dos años. Su flamante esposo, comerciante de cera y químicos, nunca volvió de un viaje de negocios por Entre Ríos. A los días de la partida de su esposo descubrió que ésta había sido planificada: se había llevado sus libros, y le había dejado dinero para unos meses, un fajón bien visible arriba de la mesada sin ninguna explicación verbal ni escrita más que la contundencia de los hechos: Mercedes se había casado con un hombre que luego de darle un hijo se vio atrapado en la vida de padre y partió lejos a seguir con su vida como soltero.

Ella intentó comunicarse con él de diferentes formas: no podía entender como su esposo y el padre de su hijo había decidido abandonarlos. Ante tanta insistencia de comunicarse con él, una vez recibió un recado en su casa a nombre de “Mercedes”: era una caja de zapatos con dinero envuelto entre bolsas. La señal estaba clara: su esposo no pretendía volver.

Pasaron ocho años desde la última vez que besó a su marido, sin embargo, cuando conoció a Jorge aún sentía que debía serle fiel a quien juró soportar en la salud como en la enfermedad. Jorge era un cliente habitual en la proveeduría en la que ella trabajaba, y después de meses de miradas y charlas amistosas, se decidieron invitar a cenar.

La primera vez que se vieron a solas en aquel restaurante Mercedes se sintió nerviosa, presa de una carga inmensa. Ella que tenía una sonrisa tan radiante en el comercio, sólo pudo mostrarla una vez, al saludar. “Era un deber de cortesía saludar, aunque yo esté casada” pensó.

La charla versó sobre el barrio en el que se conocieron, sobre el trabajo de ambos, y en en todo momento Mercedes charlaba y charlaba, incluso le interrumpía y continuaba charlando. Sabían que se gustaban, pero cada momento en el que se acercaba una posible pregunta íntima o cariñosa ella hablaba más rápido y cambiaba de tema. No podía escapar a la vergüenza de estar charlando con un hombre que no era su marido.

Solo después de un tiempo ella le dijo que era una mujer casada. Al volver a su casa la invadió una culpa gigantesca. Pensó en cómo había conocido al padre de sus hijos, en los primeros años juntos, en el embarazo y el nacimiento… aquellos días felices merecían ser honrados en su memoria, y sentía que al meter a otro hombre en su vida no estaba respetándolos.

Aunque los primeros meses en el barrio transcurrieron normalmente, ella pronto empezó a sentir la presión social, en forma de miradas esquivas, tonos distantes, vecinas que ya no preguntaban tanto “cómo estás Meche”, sino que se alejaban.

¿Qué esperaban? ¿Que siga esperando a su esposo según la ley, eternamente? Sí, ella sabía que eso era tanto lo que esperaba su familia, su barrio y sus amistades. Eso era lo que ella misma hubiera pensado de una mujer casada si los roles hubieran estado invertidos. Pero no: la casada era ella esta vez. Su propia voz interior le decía que debía esperar a su marido según la ley que le había dado un hijo que cuidar.

Una vez al discutir con una de sus compañeras de trabajo le preguntaron: -“¿Vos que opinás de mi familia Mercedes? Decime la verdad… ¿A vos te gustaría que yo no tuviera la familia que tengo, no?”.

Tampoco las mujeres de su familia la acompañaban: – “¿Qué querés lograr con esto? Con esto de mostrarse con Jorge querida, no me mires como que no sabés de lo que te hablo… con esto de hablar tanto de Jorge como si necesitaran hacer propaganda de lo que ustedes están haciendo, como para mostrar que es normal, o que es lo mismo que una haga bien las cosas en la vida o no.“

Una de sus mejores amigas también le dijo : -“¿Sabés lo que se nota, Mercedes, cuando lo sacás por el barrio a la vista de los nenes? Que querés dar un mensaje, no sé que te imaginás, querés destruir la familia de otros ya que no pudiste tener la tuya. Yo soy tu amiga pero esto te lo tengo que decir: te hacés la arisca y moderna pero yo sé que no lo sos, yo no te conocí así.“.

Su hermana le dijo en un momento de soledad durante una cena familiar: “A ver, yo te quiero preguntar a vos… ¿Vos qué pensás de los que somos fieles? ¿Qué pensás de nosotros que estamos juntos desde que nos casamos, a pesar de pasar tantas cosas? ¿Que somos unos tarados? ¿Vos pensás que yo tendría que dejarlo a mi marido para ser libre no?“.

Mercedes se sentía apabullada por tantas críticas, a veces ni siquiera sabía por dónde empezar a explicar su situación, o tampoco sabía si debía o no explicarle algo a alguien. Pero siempre estaba convencida de su amor a Jorge, y el lugar donde ese amor estaba era un espacio limpio, a salvo de las críticas y las presiones. Eso era lo que tanto le gustaba a él, la capacidad que ella tenía de separar las cosas y ser auténtica en su afecto.

Las mujeres que Jorge había conocido antes no habían logrado interesarle. Sólo en ella descubrió la persona paciente pero entretenida, luminosa y fuerte al mismo tiempo. Una vez, y solo una vez ella le contó con sumo detalle cómo fueron los años con su esposo. En todo momento parecía disculparse, como si estuviera ofendiendo a su ausente esposo o a Jorge, o a la sociedad misma por permitirse apenas sonreír con un hombre que no era el suyo mientras su hijo la esperaba en casa.

Una vez su hijo enfermó de tuberculosis, una enfermedad común en aquella época y Mercedes (aunque nunca había creído demasiado) lo tomó como una muestra del castigo que le daba el destino por ser una mala mujer. La culpa la invadió y se sintió la peor madre. Durante esos días apenas vio a Jorge y se mostró con un semblante preocupado.

Todas aquellas dudas sobre Mercedes a veces acomplejaban a Jorge, que era una persona con poco tiempo debido a su trabajo: marino de la Armada. Pero igualmente, en la soledad de altamar él la recordaba de muchas formas buenas que le daban el entusiasmo suficiente como para esperar al término del viaje y volver a verla.

Había un momento muy íntimo, que sólo se producía en la soledad de su cabeza: La marina de aquellos tiempos entendía que sólo el máximo cuidado del barco podía traer la seguridad necesaria para que no hubiera incendios ni pérdidas de hombres, carga o tiempo. A media mañana del día posterior a abandonar un puerto todo tenía que estar brillante en orden y limpieza. En aquel momento él se imaginaba a Mercedes caminar entre las partes del buque, vestida como la vió un día caminando por Buenos Aires. Aquello era un ritual muy profesional en Jorge: sólo y sólo si todo estaba en perfecto orden en la máquina de acero que él conducía se permitía imaginar en estar acompañado por ella. Alguna que otra vez su asistente lo espiaba y veía como Jorge actuaba como invitando a sentarse a alguien que no estaba allí, o se recostaba de forma poética y mirada severa como si estuviera dando un discurso en el senado, posando para un ser invisible.

Estar con Mercedes era para él un paraíso que lo cegaba de todos los otros placeres. Sólo quería volver a sus brazos, a sus chistes, y eso era irremplazable. A partir de que la conoció, se prometió siempre volver a ella y nunca dejarla abandonada como su esposo hizo antes. En ningún viaje la engañaba: ninguna mujer que pudiera conocer rápidamente podría llegar a conmoverlo como había hecho paciente y desinteresadamente ella. Esto también era ir contra la norma social de lo que debía hacer un un buen marino: varón que se precie de tal tenía que demostrar su virilidad con cuanta mujer se le cruce en los puertos.

Sus compañeros de promoción pensaban que era una persona delicada, tal vez algo afeminado. Al fin y al cabo… ¿quién podría aceptar a la mujer que por la ley le pertenecía a otro? ¿Quién podría tomar los hijos de otro hombre, con otra simiente y otra fisonomía que no fuera la suya? Sólo una persona quebrada psicológicamente, sólo un débil podría respetar aquellos juramentos que se le hacían solemnemente a las mujeres débiles para endulzarle el oído y conquistarlas, pero jamás se hacían para ser cumplidos por hombres fuertes y pragmáticos.

Una vez, algunos de la tripulación habían urdido un plan: pagar una prostituta y meterla en su camarote. A partir de aquella noche, a los típicos rumores se le agregaban las preguntas, “¿qué clase de hombre tiene tan poco amor propio como para rechazar a una mujer que se ofrece gratuitamente a él? Bien que se hace el santito acá pero en su casa duerme con la mujer de otro.”

Jorge no conocía las reglas de la fidelidad que recomendaban las religiones, pero no iba a aceptar entrar a otra mujer en su corazón que no sea Mercedes. Él pensaba en ella y había decidido que sólo a ella le iba a dar su intimidad.

Sin embargo, a pesar de vivir en una avanzada época como lo era el siglo 20, el mundo giraba en contra de lo que él pensaba. Una vez tuvo una charla con sus superiores:
– “Contramaestre Dufaurq, ¿Qué pretende usted en su vida privada? ¿Entiende que es un caballero de la Armada y que por eso debe conservar la moral y las buenas costumbres?”

Su mejor amigo y compañero de promoción le dijo: – “Olvidate Jorgito de lo que te dijeron en esa reunión, los capos están preocupados por tu carrera, ¿vos no querés ascender? Yo soy tu amigo pero temo que este camino te lleve a algo que no quieras en el futuro… no sé… imaginate que ese pibe no va a tener tu apellido, imaginate lo que va a pensar, ¡Cómo le va a quedar la cabeza! Tiene un papá que no es el papá de él… o tiene dos padres… Ya la cagada está hecha hermano… esto no lo va a ayudar. Esto es como en la naturaleza, como los perros viste, o los potros, que buscan a los de su manada y a los que no, no los respetan.”.

El capellán de la Armada lo interpeló en los festejos de Navidad: – “¿Qué ideas políticas tiene, hijo? ¿Usted entiende que el tirano que nos gobierna se está enfrentando con la Iglesia y que eso va a repercutir en la fuerza? ¿Sabe usted que la Santa Madre Iglesia prohíbe el divorcio? ¿Usted de qué lado está? Por más que se haga el monje usted sabe bien que esa mujer no es suya, es de un hombre que por algo la abandonó.”

Los rumores nunca llegaban directamente a sus oídos pero los marinos lo decían: Jorge era un buen profesional pero creía irresponsablemente en el amor, cuidaba una mujer casada legalmente con otro y para peor, educaba a los hijos de otro.

En la vida personal y familiar de sus compañeros marinos jamás se mencionaba su nombre. Jorge no era “esposo” como ellos, no tenía una mujer como ellos, no tenía un hijo como ellos. Si bien “algo” tenía, no era de la misma calidad. No… no podía ser de la misma calidad… el hijo de otro, la mujer de otro, tocada por otro, embarazada y abandonada por otro. No puede tener el mismo status quien hace las cosas “bien” que quien hace las cosas “mal”.

En países más “modernos” había nombres especiales para ese tipo de mujeres y ellos los conocían. En un puerto francés conocieron a una mujer a la que le faltaban algunos dientes, tenía tatuajes y se dedicaba a tocar instrumentos musicales a los turistas. Esas eran actividades inapropiadas para una mujer de verdad, tan espantosas como el adjetivo con el que ella misma se había definido: “divorciada”. Por suerte -pensaban- nuestras futuras generaciones están exentas de aquella costumbre antinatural: cualquier maestra hubiera sido expulsada de la educación pública con sólo explicar el significado de ese término. Con seguridad ninguna maestra podría haber sido divorciada tampoco, por una razón muy obvia: ¡las maestras no podían casarse!.

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Estas y otras cosas vivieron los protagonistas de este corto cuento, en parte novelado aunque en mayor parte no, cuando se cruzaron fantasiosamente con algún folleto que hablara sobre “amor libre”. Seguramente por su época, la combinación de esas palabras se les hizo inentendible, pero algo sabían de amar con sus propias reglas, de resistir con su forma de amar, sea monogámica, poligámica, monoamorosa o polisexual.

Muchas veces se nos pregunta “¿Qué quieren inventar? Ya está todo probado e inventado” Bueno, en este pequeño apartado pretendo darle la razón a quienes dicen que no hemos inventado nada. Las normas legales y sociales sobre la forma “correcta y única” de relacionarse existen desde hace mucho y las consecuencias también: la culpa, la presión psicológica, la estigmatización y sobre todo la cantidad enorme de vidas humanas que debieron detener su crecimiento personal por miedo a quebrar normas impuestas desde afuera, las cantidades impensables de personas que se vieron presionadas a abandonar a quienes las impulsaban a crecer y obligadas a quedarse con quienes las destruían, simplemente por cumplir normas de otras personas.

El divorcio, incluso el matrimonio interracial o interreligioso estaba prohibido. Incluso el matrimonio mismo y la sexualidad más básica estuvieron prohibidas dentro de ciertas familias que impedían a sus hijos casarse en nombre de ciertas reglas. Esas reglas podían ser buenas o malas, económicas o sociales, políticas o religiosas pero siempre eran reglas DE OTROS.

No sabemos bien por qué sucede esto de buscar imponer al resto reglas propias. Tal vez sea por poder, tal vez sea por miedo; hoy lo que sabemos es que no es nada nada nuevo y que desapegarse del dogma de otros es un esfuerzo que debe hacerse en todas las épocas. Matrimonios interreligiosos criticaron a matrimonios interraciales, matrimonios monogámicos criticaron al divorcio, divorciados criticaron a parejas del mismo sexo y parejas del mismo sexo criticaron a parejas abiertas.

Todos se fueron a la tumba horrorizados por “los avances del amor libre” y cada generación nueva mató a una norma tirana pero no destruyó la tiranía.