Hoy escribo yo, Juan, una "Historia del Clan".

Cuando salimos del poli-closet tuve el “privilegio” de ser considerado la pareja principal de Cecilia, no le pasó así a Sebas, que era mirado como “el que se metió a arruinar el amor” entre los dos tórtolos. Esta situación era así en todos lados…. salvo en la verdulería de Carmen.

Carmen tiene 72 años. Religiosa practicante y casada con su Fermínio, de rezar los domingos y de fiarle a los que no tenían para pagarle, atendía una verdulería superpoblada de estampitas religiosas por todos lados.

En su verdulería yo no era local sino visitante, pues a los ojos de ella se fue dando un proceso con pasos cronológicos.

Históricamente, Sebas y su mamá iban juntos a la verdulería cuando él era chico. Luego empezaron a ir por separado, símbolo de que Seba se había ido a vivir solo. Luego empezó a ir con Cecilia. Carmen interpretó lo que todos entenderíamos, que Ceci y Sebas vivían juntos, así que los saludaba y atendía como una pareja. Cuando faltaba uno le preguntaba por el otro, estaba al tanto de si alguno se enfermaba o si hacía un viaje, incluso si estaba con mucho o poco trabajo.

Yo lo sé porque al principio los acompañaba y veía cómo ellos hablaban de la lechuga capucchina, los tomates cherrys, la palta, etc. Hasta acá venía bien la historia. El tema fue que empecé a ir yo con Sebas. Carmencita habrá imaginado que éramos amigos (lo somos, también). De repente fui varias veces con Cecilia.

Ahí comenzaron las primeras alertas. Los gestos de bienvenida y alegría por vernos ahora se transformaban en desaprobación. Para la cabeza de Carmen, Cecilia estaba engañando a Sebastián conmigo… ¡y estaba a los besos mientras le pedía la lechuga capucchina para hacerle la ensaladita con cebollita roja que la madre le hacía al niño Sebi cuando era chico!

Era un horror, un espanto de engaño y cuernos. Así que la amable verdulera ya no nos saludaba afectuosamente, sino que nos metía la peor cara de orto y nos atendía sin “buenos días” ni “buenas tardes”.

¡Qué nos iba a saludar, si seguro que se imaginaba que teníamos sexo hasta con las uvas y los dientes de ajo, además de los pepinos y berenjenas!

La cosa se puso peor luego: Las combinaciones para hacer las compras eran Juan-Seba , Seba-Chechu, Chechu-Juan. Sus caras recorrían todos los estados de asombro y la desaprobación, y hasta a veces se persignaba cuando nos íbamos de la verdulería y murmuraba por lo bajo invocaciones a los santos, la moral y las buenas costumbres.

Este tipo de desplantes sociales nos seguían desde que dejamos de ocultar que vivíamos juntos los tres.

Esa onda de “no me importa lo que digan” es un excelente principio y está re bueno postearlo en el Feis o poner una imagen tipo de una paloma volando con un paisaje atrás en el Instagram. Pero la posta es que el desarraigo social es una realidad algo difícil de enfrentar.

Nosotros lo vimos con amigos que dejaban de llamar, gente cuyas parejas les prohibían “ir a la casa de la orgía”, camaraderías y complicidades que se perdieron para siempre. Yo personalmente extraño mucho poder compartir las anécdotas de tantos momentos con aquellas amistades, algunas que conocimos desde que tenemos 5 o 6 años y que ahora viven tras el muro de Berlín de ser “parejas serias que no andan en la joda”. Recuerdo perfectamente que algunos volvieron a mandar mensaje cuando aparecimos en los medios. Los “resucitados por el poder de Moria”, les decimos por acá.

Retomando, tampoco era que Carmencita, la “Proveedora Oficial de Verduras, Frutas y Hortalizas del Clan” era una pérdida social terrible e irrecuperable. Era una señora más que pensaba lo que se lee en los comentarios de las notas periodísticas.

Pero la traigo acá porque esa enemistad tuvo una vuelta de página que me sorprendió, y voy a aprovechar a contar.

Una vez fui a comprar lo de siempre, y Carmen estaba dándole de probar a los habitués de un cajón de cerezas del Valle de Río Negro que estaban buenísimas. Como gentileza les daba un puñadito a cada cliente que estaba allí, que eran devoradas inmediatamente.

Como yo estaba en la fila le pareció de mala educación no darme a mí también así que con cierta reticencia agarró un manojo de cerezas y me las dió.

Yo le agradecí, pero en vez de comerlas me guardé el manojo en un bolsillo con cuidado.

Entonces ella me dijo: 
- Pero cómo…. ¿no te las comés, tanto que te gustan?
- No, las voy a llevar a casa para darle a Seba y Chechu, que a ellos les encantan.
- ¿O sea que vos venís a hacer los mandados y en vez de morfarte las cerezas se las llevás a ellos?
- Sí, eh… sí.
- Que bueno… mirá que bueno. Compartís algo que te gusta mucho… con ellos.

En ese momento la cara de Carmen cambió. A partir de ese diálogo ya no semblanteó más mis visitas ni las de los chicos, en ninguna combinación. Cada día nos recibía como antes y me incluía en las preguntas de “¿cómo está de salud?” y esas cosas de siempre. Volvió a estar al tanto de quien cumplia años y qué festejos se hacían, y nos guardaba de nuevo las mejores frutas. Cuando yo iba, me daba “La fruta que le gusta a Sebastián”, cuando iba Cecilia “los tomates que llevan siempre los chicos”.

Más adelante, cuando Florencia se mudó con nosotros se agregó otro tipo de combinación a las visitas a la verdulería y por un tiempo Carmen volvió a estar a la expectativa, no hostil pero sí reconociendo el terreno.

Me imagino que pensaba: “¿Será que se separaron? ¿Será que Sebas oficializó con la pibita esta nueva? ¿Será que es novia del enano con cara de culo ese?”. Pero cuando vió que nos repartimos los mandados entre los cuatro retomó su amistad, y entre otras cosas siempre nos guardaba la mejor verdura y nos daba siempre un poco de más de lo que le pedíamos a pesar de que eran épocas de vacas flacas.

Vaya a saber uno qué click le hizo dentro de su religión o su sentido común. Tal vez imaginó que si yo compartía con mis parejas un gustito anónimo e impune que perfectamente me podría haber quedado para mí era porque las quería en serio, entonces tenía esa complicidad genuina de compartir cosas. O por ahí no imaginó nada de eso sino otra cosa, retorcida y religiosa. Pero todo volvió a ser lo que era antes.

Para el caso es lo mismo, porque este posteo es un poco para festejar aquella relación verdulera-consumidor de tomates que se recompuso y que todo el mundo debería tener en su vida normal.

También es para recordar que es muy loable que a través de la mayor difusión de nuestras ideas o del fortalecimiento de nuestras redes cada vez más personas acepten o por lo menos no hostiguen a las relaciones abiertas.

Pero además de las doctrinas, teorías, hipótesis y escritos, tenemos a mano aquello de lo que están formadas todas las relaciones entre las personas: mostrando las actividades más comunes de nuestra vida podemos llegarle al corazón a mucha gente, sobre todo a quienes no les llegaríamos con nuestras ilustradísimas ideas nuevas y nuestro cuidadísimo lenguaje elitista con el que nos creemos en la cresta de la ola.

Ahora que pienso, al salir del poli-closet no nos enfrentamos a tantos planteos inquisidores de frente, sino que fue justamente ese cariño lo que se resintió en nuestras relaciones sociales a todos los niveles.

¿Será que mostrando esa amistad, esos momentos comunes y ese cuidado con el otro podemos transmitir un mensaje más fuerte que con tantas palabras?