Dejando ir al amor…

La gente se enamora, se casa y vive feliz para siempre, van a superar los conflictos porque se aman y pueden solos contra el mundo. No sabía si empezar a escribir desde un cuento, una canción, una novela televisiva, las creencias de mis pacientes o mis propias experiencias de vida. Y tal vez desde todo esto junto. La felicidad de a dos parece ser el bien supremo de la existencia, el último fin buscado, y en el medio, los conflictos cotidianos, de la vivienda, de los sentimientos, de los distintos proyectos, de los amigos, de las costumbres se deberían poder resolver en nombre del amor………. Y rara vez es así.

“El amor sólo no basta” dicen por ahí y seguro a todos nos ha sucedido el aceptar a costa de mucho dolor que dos buenas personas que se aman genuinamente sean tan incompatibles que no haya forma de sostener una relación que haga a ambos felices. Encontrarse enamorado o enamorada de alguien con quien parecemos no tener nada en común en primer lugar nos plantea un gran interrogante: ¿Qué le vimos o qué nos enamora? Vuelvo a mi teoría de base, a Sigmund, con todas las críticas que tal vez se le puedan hacer pero quien plantea una forma de enamorarse de ideales y no de personas. Es decir, podemos amar con la imagen de los vínculos maternos y paternos de fondo, amando a quien nos cuida, nos protege, nos nutre……. O podemos enamorarnos de alguien que representa para nosotros lo que fuimos, lo que somos o lo que queremos ser, refiriéndose a quien encarna esa identificación de nuestros deseos y aspiraciones. Por supuesto que nunca se da un tipo puro de amor sino que conviven ambos tipos de elección de objeto en una misma persona. Ahora bien, plantear así al amor, en primer lugar le quita el toque tradicional romántico, la índole sagrada que hace única a la persona amada y al amor un acontecimiento mágico que simplemente sucede. Si coincidimos con Freud, y yo voy a hacerlo, hay mucho de nosotros en la persona elegida, lo que nos lleva a pensar que podemos estar más enamorados de nosotros mismos en cercanía de ella, que de esa persona precisamente. Y ahí se nos arruinó la película! Porque la perfección no existe, porque el amor ideal tiene de difícil que uno también debe ser el ideal del otro, porque tal vez me enamoré de lo que veo en esa persona, lo cual no implica que me guste lo que esa persona es, o porque aún encarnando mis ideales no puede darme lo que necesito, no puede darme más que ánimo o ejemplo para llegar a aquello que deseo ser y tal, sólo tal vez, aún no estoy preparado para serlo.

Siempre sostuve que las relaciones humanas son complejas, todas, no sólo las parejas, pero sobre las parejas pesan tantas expectativas que parece que trastabillaran más seguido. Millones de veces me encuentro con personas preocupadas porque sus parejas no las están haciendo felices pero aun así la sostienen y toleran heroicamente, como si se tratase de la bandera argentina flameando en el patio de la escuela. Ante esto no puedo dejar de concluir que no es nada sano estar tan bien adaptado a los requerimientos de una sociedad que está tan enferma. La complejidad de las relaciones la da el hecho que no sólo tratamos con personas sino, y por sobre todo, con la imagen mental que tenemos de esa persona, de lo que es, de lo que hace y de lo que nos genera, y cuanto más ideal es esa imagen, más nos ciega para encontrarnos con lo real de la relación. Entonces decimos frases como: “no encaja en mi vida, no compartimos gustos ni se lleva bien con mis amigos pero lo amo y puede funcionar”… La pregunta es: ¿Funciona? ¿Naturalmente funciona o somos víctimas de constantes momentos de lucha interna y con la pareja para que su imagen encaje con los estereotipos? Si alguno ha leído algo mío sabe que suelo hablar de los “no negociables”, para los que no, me refiero a esos aspectos de la vida privada y social que uno no está dispuesto a ceder a la pareja bajo ningún punto de vista. Existen no negociables que deberían ser universales como la ausencia de violencia o el no tolerar coerciones a la libertad de ningún tipo, aunque cada uno armará esta lista de forma individual.

En general las cosas no están tan claras, uno sabe más o menos que cosas no le gustan pero a veces puede ceder para compartir con la pareja. Ejemplos cotidianos: no me gusta ver películas pero a mi pareja si, cada tanto las veo con él. Llega el fin de semana y me encantaría descansar pero mi pareja siempre organiza encuentros con amigos para que vayamos. ¿Encuentran diferencias? El factor cuantitavo es una: a veces comparto los gustos de mi pareja (y suponemos que él los míos) es una cosa, habla de un acuerdo entre dos adultos, pero nunca puedo disfrutar a mi manera porque siempre elije mi pareja es otra. Si traigo estas cotidianeidades para hablar de compatibilidad es porque he visto a una pareja separarse por un paquete de fideos. El problema no fueron los fideos, el problema es que había una persona inexistente en la pareja, las decisiones eran simplemente unilaterales hasta que el calladito acumuló y explotó en el supermercado. A ellos les gusta decir que se separaron porque no les gustaba lo mismo y eso agotó el amor. A mí me lleva a pensar qué cosa frágil que es el amor y como puede verse dañado por algo tan absurdo como no ponerse de acuerdo. Entiendo las dificultades de llegar a un acuerdo, implican facultades de comunicación y de escucha, así como mucho conocimiento de las propias necesidades por parte de aquellas personas que planteen un desacuerdo. Y a pesar de no saber comunicarnos seguimos teniendo la esperanza puesta en el amor como factor universal para salvarnos de nuestras propias inconsistencias.

Pobre amor, tanto lo han sobrevalorado que se cometen atrocidades en su nombre. Para reivindicarlo necesitamos conocerlo, desmitificarlo, darle el lugar que realmente tiene en las relaciones humanas. Un exceso de dopamina suelen decir las neurociencias, como si se pudiese entender la inmensidad de lo que genera simplemente nombrando al neurotransmisor. El caso es que el amor une, genera deseo de encuentro, pero no amalgama. Nadie deja de ser quien es, se ama con lo que cada uno es, pero si se ponen en evidencia las vulnerabilidades. Cuando alguien no se lleva nada bien con su soledad la necesidad domina al deseo y la persona amada es simplemente cualquiera que no nos deje solos. Y la necesidad y el subsiguiente miedo a perder son los que permiten que uno no hable, no opine, se abstenga de discutir, y acepte de manera inequívoca convertirse de a poco en esa persona que va dejando de existir. En cambio cuando domina el deseo de compartir, aparecen mis virtudes queriendo conocer las del otro, mis debilidades solicitando algo de apoyo y la predisposición de diálogo para las incongruencias que puedan surgir. La diferencia entre ambas situaciones no tiene nada que ver con el amor, sino con la autoestima, con lo que cada miembro de la pareja siente que es y puede poner en juego. También tiene que ver con las posibilidades de comunicación que existan, el autoconocimiento que cada uno tiene de sus emociones y de sus desbordes, lo que permite que esa comunicación sea intencionalmente productiva, y no destructiva. Una relación, cualquiera sea, tiene que convertirte en mejor persona, sino es tóxica y te está desdibujando. Sabiendo que nuestra pareja refleja nuestros ideales podemos ver en espejo hacia donde nos estamos dirigiendo, y evaluar en ese proceso si estamos buscando felicidad o simplemente buscamos pareja, y queridos amigos la experiencia de todos demuestra que ambas cosas no siempre van de la mano.